Día Internacional del Libro

El director de la Biblioteca Nacional comparte un texto para celebrar el Día Internacional del Libro.

Elogio del libro abierto y usado

por Juan Sasturain


Escribir, editar, comprar y almacenar libros son actos generalmente saludables para y en el concepto de la equívoca cultura que supimos conseguir. Conversar / opinar sobre ellos, sobre su heroica historia e incierto porvenir, una casi compulsión que suele convocarnos. Incluso preocuparnos, como ahora y casi siempre.

Sin embargo hay un solo acto central e ineludible con respecto al libro que otorga sentido a todos los demás, que es el fundamento en su origen y el único sostén genuino de su porvenir, de su mera existencia: la lectura, el gesto íntimo, personal, fundante de leer.

Y la lectura no existe. Existen personas que leen. Y al hacerlo se hacen (más) personas, se llenan de más personas, se encuentran con más personas en diálogo personal, si cabe la redundancia. Leer es compartir, conocer, abrirse callado pero atento a lo que el otro como yo tiene para decir.

Un libro es una pregunta, una confidencia, una historia que no existe hasta que no haya alguien que lo lea. Yo puedo estar de un lado o del otro del texto. Eso es ocasional. Me constituyo como escritor sólo cuando escribo, pero soy lector siempre que leo. Saludablemente, todos somos y debemos ser –abierta, civilizadamente hablando- más lectores que escritores. Mejor, siempre y sobre todo en estos sordos tiempos intemperantes, saber darse tiempo para leer.

Tiempo de abrirse al dialogo, de saber escuchar en atenta y verdadera soledad productiva y fecunda del mano a mano ante el libro: eso, el libro abierto, usado y manoseado, sin distancia social ni otro protocolo que las ganas de abrirnos a lo que otro tiene y sabe, y por suerte nosotros no tenemos ni sabemos todavía.

La aventura de leer. De atreverse a una aventura, hoy inusual –como todas las aventuras genuinas– pues de eso se trata. Y el poema que sigue glosa esa idea.



Cita a ciegas

                                                            In memoriam J. L. Borges

                                                                Lector de lectores




Despierta tarde. No espía en la ventana

los colores del cielo. Es la chica

de la sabia tevé la que le explica

si habrá nubes o sol, esta mañana.


Enciende el celular. La cotidiana

costumbre del pulgar lo comunica

con los usuarios de una agenda rica.

Incluso con los que no tiene gana.


Prende la notebook. Pasa todo el día

pegado a la pantalla, pero cree

que le queda cierto tiempo todavía


por vivir, y que la noche lo provee:

saca El Aleph de la estantería,

cierra, apaga, silencia, calla y lee.

                                                                                                                           


                                                                                             Escrito en Buenos Aires en el 2012.


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